Las buenas noticias siempre llegan… Aunque a veces tardan.

Por fin doy una buena noticia, después de casi dos años trabajando con refugiados, traduciendo sus historias, contando sus problemas y dando voz a sus palabras, por fin he vivido ese momento que me contaron cuando empecé con esta colaboración, aunque también me advirtieron que era duro, que me enfrentaría a situaciones muy difíciles; y así fue, pues en más de una ocasión se me escapó una lagrima, al tener que relatar con mi propia voz una historia tan dura que me rompía por dentro, esa lagrima delataba mi humanidad, y como profesional me hacía sentir un poco mal, pues lo primero que te dicen es que no te involucres emocionalmente, pero como no involucrarse ante el dolor y el sufrimiento de otro ser humano, como no sentirlo en mi alma y pensar “podría ser yo” “me podría haber pasado a mí”.
El caso es que esto es parte del trabajo del intérprete que ha decidido ponerse al servicio de una ONG que atiende a refugiados o trabaja en la oficina de asilo, y me gusta, me gusta porque me hace sentir viva, humana, y sobre todo afortunada, por poder conocer a esas personas que me han enseñado que nada vale la pena, pero a la vez todo lo vale; no vale la pena luchar ni matar o discriminar, pero si vale la pena todo lo que podamos hacer para convertir este mundo en un lugar un poco más justo.
Pero, sobre todo, vale la pena trabajar para conseguir eso que queremos, especialmente si parece imposible, y cuando lo conseguimos, nos damos cuenta de que hay cosas maravillosas en la vida, como mirar a los ojos de una madre que lleva 3 años sin ver a sus hijos a causa de un puñado de leyes absurdas y burócratas insensibles, y decirle que ya está… Que por fin los va a ver… Es un momento indescriptible, esa alegría que brota de sus ojos tan intensamente o incluso más que sus lágrimas, esa sonrisa que se dibuja en su rostro que casi se había olvidado de hacerlo, y su voz, esa voz quebrada que da gracias a Dios.
El conjunto de todo eso quedará grabado en mi memoria para siempre, como la buena noticia que me costó casi dos años de acompañamientos e historias tan dolorosas, que las llevo clavadas en el alma.
Al igual que aquel otro, que lleva más de un año en una lucha interior y exterior continua, y por fin hoy, se libera, y se abraza a mí llorando, dándome las gracias por haberle ayudado, dejándome sin palabras, pensando quién ha ayudado a quién realmente; eso me llena de alegría y satisfacción.
Y lo vuelvo a decir, vale la pena pasar un mal rato si puedo ayudar.
Vale la pena, porque gracias a todas las personas que he conocido a lo largo de este camino, yo también he aprendido y he crecido personal y profesionalmente.
Pero eso ya es otra historia; hoy, quiero celebrar la alegría que a través de mí ha pasado, hoy me siento afortunada por tener esta profesión.

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